No soy arquitecto ni urbanista. Si estoy cualificado para hablar del “paisaje desde el punto de vista de las imágenes” como director, es porque he sido viajero, porque he vivido y trabajado en diferentes ciudades del mundo y porque he colocado mi cámara ante muchos paisajes, urbanos en su mayor parte, pero también ante desiertos.
Wim Wenders*

El cine es arte urbano. Ha nacido y florecido con las grandes ciudades del mundo desde finales del siglo XIX. Las películas han asistido a su desarrollo:  desde las ciudades más tranquilas, hasta las densas megaciudades. Los filmes han presenciado su destrucción durante guerras, han visto alzarse rascacielos, han visto alzarse rascacielos, han contemplado guetos, han visto cómo los ricos se enriquecían y los pobres eran cada vez más pobres. Son el espejo de la ciudad y de sus habitantes. Son los documentos históricos de nuestro tiempo. El séptimo arte, como se ha dado en llamar, es capaz, como ningún otro, de alcanzar la esencia de las urbes, capturar la atmósfera y las corrientes de su tiempo, y de expresar los temores, esperanzas y deseos de las masas. Pero las películas también son ocio, y el ocio es la necesidad urbana por excelencia. De ahí es fácil ver cómo ciudad y cine están estrechamente ligados: las ciudades generan cine y pertenece a la ciudad y la refleja. […]

Una calle, la fachada de una casa, una montaña, un puente o un río no constituyen un mero «fondo». Tienen una historia, una «personalidad», una identidad que merece ser tomada en serio. Asimismo el encuadre influye en los personajes, creando un estado de ánimo, un tiempo, una emoción. Pueden ser feos o hermosos, jóvenes o ancianos. Pero están obviamente «presentes», e incluso para un actor eso es todo lo que cuenta. En los últimos años he trabajado en Australia y he tenido la suerte de conocer un poco a los aborígenes. Fue asombroso aprender que para ellos cada accidente del paisaje encarna una figura de un pasado mítico. Cada colina, cada roca tiene un «relato» que guarda relación con el «tiempo de sueño». Eso me recordó que, siendo niño, yo también abrigaba creencias similares. Un árbol no era sólo un árbol, sino también un fantasma, y las formas de las casas eran como las formas de los rostros. Había casas serias, casas siniestras y casas amistosas. Un río podría ser pavoroso, pero también tranquilizador. Las calles tenían personalidad. Evitaba algunas y otras se convertían en una grata compañía. Las montañas y las formas del horizonte eran definiciones de cierto anhelo o nostalgia, y recuerdo vívidamente mi temor hacia una gran roca situada en el bosque, conocida como «la mujer sentada». Para un niño, los paisajes rurales y urbanos evocan emociones, vínculos, ideas, relatos. Tendemos a olvidarlo cuando creemos. Creo que básicamente aprendemos a protegernos del conocimiento que adquirimos durante nuestra infancia, cuando vivíamos más apegados a esa percepción, y cuando lo que veíamos definía nuestro sentido del «yo» y del «hogar».

Al hablar de aquella roca, recuerdo otra. Durante un tiempo viví en Nueva York, en un apartamento frente a Central Park. Al salir del edificio había una enorme roca negra erguida en el límite del parque. Sus colores variaban en función del tiempo. Era el tipo de roca granítica con que se había levantado toda la ciudad. Y cada vez que la miraba, sentía como me orientaba, Era mucho más antigua que la ciudad. Era sólida. De un modo singular me imbuía de confianza porque me sentía unido a ella. Recuerdo que una vez le sonreí, como si se tratara de un amigo. Me daba paz, me tranquilizaba. La ciudad en que vivo ahora está construida de arena, arena blanca, y a cada instante es posible ver un poco de ella por aquí y por allá, aunque sólo sea en las obras. Esa arena también me aporta una sensación de conexión y de seguridad. Me dice dónde estoy. Evidentemente, los edificios también lo hacen, pero de otro modo.

Berlín es una ciudad muy peculiar porque resultó muy dañada durante la guerra y porque la división de la ciudad continuó esa destrucción. Berlín tiene muchos espacios vacíos. Puedes ver casas flanqueadas por enormes huecos, porque la casa vecina fue destruida y aún no se ha reconstruido. Esos muros desolados se conocen como Brandmauern, (cortafuegos) y apenas existen en otras ciudades. Esos espacios vacíos parecen heridas, y me gusta la ciudad por sus heridas. Muestran su historia mejor que cualquier libro o documento histórico. Cuando rodé “El cielo sobre Berlín”, me di cuenta de que buscaba esos espacios vacíos, esa tierra de nadie. Sentía que la ciudad se definía mejor en los espacios vacíos que en los llenos. […]

Las ciudades no cuentan historias. Pero pueden contar la historia. Las ciudades pueden mostrar y exhibir su historia; pueden hacerla visible u ocultarla. Pueden abrirnos los ojos, como las películas, o cerrarlos. Pueden maltratarnos o alimentar nuestra imaginación.


Fuente: Hellmann, Claudia. (2010). Ciudades de cine. Barcelona: Océano. 192 pp.

*Guionista, productor, actor y director de cine alemán.

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