[1953] El cinematógrafo y la cultura

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Publicado en el Diario de Yucatán el 17 de mayo de 1953
Por: Alberto Insúa

En lo de “ver” y “oir” y “no leer” reside, en opinión de muchas personas inteligentes, el lado flaco o punto negro del cinematógrafo. El cine no es arte para minorías cultas, sino para las masas, si bien en la gran masa social intervienen las minorías cuando les place.
El fin próximo del cinematógrafo es el de impresionar los sentidos colectivamente, pues existe sin duda una sensibilidad multitudinaria. Lo cual no obsta para que dentro, o más bien fuera, de esa sensibilidad floten personalidades diversas. La muchedumbre del cine es la más homogénea y heterogénea a la vez.
No es una paradoja. La homogeneidad reside en la sensación directa que en sus rasgos generales produce el espectáculo en el público. El hongo, las botas y los pantalones de Charlot son los mismos para todos los espectadores. El automóvil que se despeña, la ametralladora que dispara, los bufidos del “Gordo” y los gestos del “Flaco” los ven en igual manera el niño, la joven, la anciana, el hombre adulto y el viejo. La noche, la tempestad, las alboradas, los desiertos, las fieras de la selva han sido copiados -o fingidos- para todos.
Pero queda -y aquí viene la heterogeneidad- en el espíritu de cada espectador esa partícula oculta, hermética, que es la morada interior de todos y cada uno de nosotros, morada espaciosa como castillo, o mínima y mísera como choza, donde habita lo mejor o lo peor de nuestro carácter, Es el “yo” que aparece. Y con esta aparición del “yo”, que no se revela a los demás, sino a uno mismo, surge la diversidad, la particularidad, la subjetividad de las emociones que se desprenden de las sensaciones comunes.
Obsérvese en el fenómeno de la risa, tan frecuente y casi general en los espectadores del cine. Por general -insisto-, por unánime que nos pareza, la risa no será absolutamente la misma en todas las personas que asisten a la representación.

No sólo cada cual ríe “a su modo” – según la edad, el temperamento, la educación o la falta de ésta-, sino que hay quienes sienten humedecérsele los ojos con una lágrima piadosa ante la escena que incita a la carcajada a otros espectadores. En resumen, la sensación une y la emoción separa al público del cinematógrafo. Esto es verdad también para el teatro, para toda representación visual y auricular fingida de las realidades y los sueños de los hombres.
Miel sobre hojuelas si el niño que ve frotar a Aladino la lámpara maravillosa sueña con ser Aladino, si el anciano reumático que ve jugar la espada a D’Artagnan cree que sus piernas y brazos rejuvenecen, y su la matrona demasiado carnosa que asiste a la escena del balcón de los infelices amantes de Verona va repitiendo para sí los versos de Julieta, que a los quince años se aprendió de memoria. Pero el ensueño es como una flor o espuma de las almas. Son más las que viven atadas al instinto que las inteligentes y soñadoras.
Al cine la mayoría de la gente va a ver, a reir y a estremecerse con los episodios truculentos, una minoría escasa va a soñar -a soñar con los ojos abiertos- y otra minoría más numerosa va a dormir. Pero ¿sueñan mientras duermen este señor obeso o esta señora triste que tenemos de vecinos en las butacas? ¡quién sabe!

*

Se formula frecuentemente la interrogación de si el cine es un adversario del libro y, por tanto, una de las causas del descenso en la formación intelectual de la juventud. No puede dudarse de que, hoy en día, son más, infinitamente más las novelas “vistas” que las leídas. El libro exige siempre colaboración, el “contacto anímico” entre el autor y el lector. El libro pide un esfuerzo de aquella cuarta facultad del alma -como decía Pascal- que es la imaginación. El cine no pide más sino que usted se siente, mire y escuche. Si usted es analfabeto, no importa: los personajes hablan. Si usted es ignorante y ve por primera vez, reflejados mejor o peor en la pantalla, un drama de Shakespeare o una novel de escritor moderno, ya se encargarán el cineasta y el guionista de explicárselos a usted de modo más claro, prescindiendo de toda sutilidad o “exceso de lirismo” que pueda entorpecer la percepción y comprensión del “film” por parte de los espectadores de cultura escasa o ausente.
Pero si el cine aleja a las masas de la lectura, o por su fuerza de sugestión incita a leer novelas que se vieron en la pantalla -como ocurre con las más divulgadas de Norteamérica-, no puede negarse que junto a este inconveniente, junto a este perjuicio para la cultura, surgen la ventaja de un aumento de curiosidad en el público y la verdad innegable y beneficiosa de que el cine extiende el radio de los sentidos, que va “universalizando” a las sociedades modernas por la intervisión de sus respectivos países y comarcas, puesto que todo el mundo topográfico aparece, o puede aparecer en la pantalla; y aquí está el espectador gallego a quien “le descubren Andalucía, y el castellano a quien le presentan Galicia, y el blanco hiperbóreo a quien le hacen viajar visualmente por las islas polinésicas o el África ecuatorial.
El cine “instruye”. Esto no puede discutirse. Instruye más que destruye. Pero es preciso luchar porque construya mucho y no destruya nada. Porque al lado de un cine constructivo, educativo, didascálico, noble, que procura elevar los sentimientos de las masas, existe otro que yo califico de pernicioso y deletéreo porque ataca precisamente a los espectadores más ingenuos, o sea más sencillos, inocentes e ignorantes. Está demostrado que el cine “criminoso” aunque a la postre triunfe el “bueno” sobre el “malo” y el policía sobre el “gánster”, ha producido en todo el mundo un desarrollo lamentable de la delincuencia juvenil.

No faltan – lo sé y lo aplaudo – películas sanas, películas apostólicas. Pero ¿por qué subsisten las que buscan sus asuntos en el cieno y la pestilencia de los vicios cuando las virtudes del honor, del sacrificio y la misericordia siguen brindando los más puros y eficaces ejemplos?

Debemos aspirar a que el cine sea ante todo educativo y patriótico, sin que eso coarte su maravillosa facultad de contener en unos metros de celuloide los panoramas más bellos del mundo o las interpretaciones más diversas del drama – que es también sainete – de la Humanidad.

ALBERTO INSÚA

Madrid, mayo de 1953. 

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